Un vistazo a las diferentes perspectivas sobre Cristo durante los primeros mil años de la Iglesia | Diego Bascur

Introducción

La doctrina acerca del Cristo verdaderamente hombre y verdaderamente Dios ha sido y seguirá siendo uno de los pilares fundamentales del cristianismo histórico, tanto así que es la doctrina que ha sido creída y afirmada desde las enseñanzas de Jesucristo y posteriormente de los apóstoles por la mayoría de los cristianos a lo largo de la historia del cristianismo hasta el siglo XXI, siendo considerada indiscutiblemente bíblica y enraizada en todo el consejo de las Escrituras.

Sin embargo, a pesar de ser un pilar esencial en la dogmática cristiana, la doctrina del Cristo Dios-hombre es tal vez la más atacada por los escépticos liberales. Este ataque no se remite solo a los últimos tiempos, sino a toda la historia del cristianismo y han tenido como objetivo directo malversar la cristología bíblica con el propósito de fundamentar un sistema teológico o cimentar ideas personales que luego son seguidas y propagadas por sus discípulos. Por esta causa no es anormal ver a varios “cristos” que han ambulado en la historia, pretendiendo usurpar al verdadero Cristo de las Sagradas Escrituras. Tampoco es anormal notar que los creadores de estas distorsiones no han sido enemigos acérrimos del cristianismo, sino personas que seguían a Cristo, pero uno creado a su imagen.

Generalmente las incursiones por denostar la divinidad y humanidad de Cristo “han enfatizado la deidad de Cristo a expensas de Su humanidad, mientras que otros han enfatizado la humanidad a expensas de la deidad” (Carballosa, 1982, p.9), siendo ambos extremos claramente enjuiciados por el cristianismo como erróneos y herejes. A la luz de las distintas corrientes que se han alzado en contra del cristianismo histórico, y dado que en la actualidad se siguen alzando directamente en contra de la humanidad y divinidad de Cristo, el presente trabajo tiene como objetivo comprender las diferentes y principales enseñanzas heréticas que hombres han enseñado erróneamente en el primer milenio de la historia del cristianismo acerca de Cristo. Este objetivo se estructurará desarrollando las principales ideas heréticas del ebionismo, gnosticismo, docetismo, monarquismo, arrianismo, apoliranismo, nestorianismo, eutiquianismo, monoteletismo y adopcionismo, para luego hacer un contraste acerca de la verdad respecto al Cristo verdadero.

Herejías en contra de Jesucristo

Son escasos los tiempos de paz en que la proclamación de Cristo a las naciones llevada a cabo por la iglesia no ha sido también acompañada de una lucha en contra de herejías que buscaban distorsionar la verdad bíblica. Siglo tras siglo salen nuevas especulaciones respecto a Dios y Su obra, de tal modo que los creyentes han tenido que “contender eficazmente por la fe” que les ha sido dada para poner defensa en contra de estos hombres perversos que “han entrado encubiertamente” para convertir la gracia de Dios en disolución, negar a Dios y a su Hijo Jesucristo (Jud. 1:3,4).

Claramente las más grandes herejías en la historia del cristianismo han estado enfocadas en la segunda persona de la Trinidad, Jesucristo, atacando tanto su divinidad como su humanidad. La iglesia ha respondido con afirmaciones concretas e irrefutables. A continuación, se presentarán las principales enseñanzas en contra de la persona de Jesucristo:

Docetismo: Como afirma Dietrich Bonhoeffer (1971) en su libro Quién es y quién fue Jesucristo, “la herejía doceta intenta hacer comprensible la encarnación de Cristo, entendiendo a Jesucristo como una forma fenoménica de la divinidad en la historia. La humanidad de Cristo es ropaje y velo: es el medio de que se vale Dios para hablar a los hombres. Pero, no pertenece a su esencia. Jesús, el hombre, es la transparencia de Dios”. Esta idea proviene básicamente del pensamiento griego que tiene una idea abstracta de Dios, donde Dios puede prescindir del hombre y “cuya esencia es independiente de toda contingencia humana”, por lo cual, si Dios quiere salir al encuentro del hombre, “pasa del mundo de la idea al mundo fenoménico, y la figura que para ello adopta Dios es meramente accidental” (pp.53-54). La forma que adopta el Logos es accidental y tampoco humana.

Cuando los docetas hablan de la encarnación de Cristo, dicen que Dios “al tomar la esencia y la naturaleza del hombre, no ha asumido al hombre” en su personalidad, sino que al tomar la esencia del hombre, lo ha “redimido y lo ha envuelto de su esencia original, fuera de la personalidad que es pecado” (p.54), siendo esta idea del docetismo concebida por el gnosticismo, que afirma que el elemento material del ser humano (el cuerpo) es malo y que el elemento inmaterial (el espíritu o alma) es bueno (MacLeod, 2011, p.176).

En resumidas cuentas, los docetas afirmaban que “el nacimiento, el cuerpo, los sufrimientos y la muerte de Cristo solamente fueron una apariencia ilusoria” (Carballosa, 1982, p.17) y que, si Cristo era bueno, entonces él no podía tener un cuerpo material real. Claramente había una negación rotunda de la encarnación de Cristo e inmediatamente de su humanidad. Esto quiere decir que, si Cristo no tenía un cuerpo real, la crucifixión no se había hecho; él no murió en la cruz ni mucho menos resucitó de entre los muertos, ni tampoco vendría corporalmente nuevamente a la tierra a juzgar a los vivos y a los muertos. Ante tales aseveraciones del docetismo, Tertuliano dijo con un tono de burla, pero también de mucha seriedad: “no era lo que parecía ser, y fingía ser lo que no era: encarnado sin carne, humano sin ser hombre” (MacLeod, p.177).

Ebionismo: El movimiento del ebionismo “no surge de la filosofía pagana que considera el dogma de la encarnación como una locura”, como el caso del docetismo o el gnosticismo, sino que para esta corriente como “la fe en la cruz es más bien un escándalo, una ofensa y un deshonor para Dios” es, por tanto, difícil de considerar que sea la verdadera sabiduría de Dios, afirman. Lógicamente, según la enseñanza del apóstol Pablo, aquellos que consideraban la sabiduría de Dios como tropezadero eran los mismos judíos. Eran entonces estos judíos, que creían que Jesús era el Cristo, pero a su manera, hundiendo sus raíces “en el pensamiento israelita” (Bonhoeffer, p.159) quienes fueron considerados como los ebionitas de su época.

Los ebionitas tenían distinciones entre sí. Unos, eran judíos cristianos “que demandaban una completa observancia de la ley por parte de los creyentes”, tanto judíos como gentiles; otros, “los llamados cristianos judaizantes que consideraban a Pablo como un apóstata de la ley mosaica” y afirmaban lo mismo que el grupo anterior, pero además veían a “Cristo como una criatura” y negaban “su concepción virginal”; y por último, aquellos que “practicaban un ascetismo estricto”, considerando de igual manera a Cristo “como una criatura”, pero al mismo tiempo como “el Señor de los ángeles” (Carballosa, 1987, pp.14-15).

Estos grupos en general, teniendo un concepto monoteísta, no podían considerar al Cristo como un Ser divino, y aunque admiten el misterio de la encarnación, “entendiéndola como el encumbramiento de un hombre a la dignidad divina”, no podían concebir la existencia de ‘otro dios’ junto al único Dios. Por tanto, lo que ellos tratan de impregnar en su creencia es que Jesús fue simplemente una criatura de Dios utilizada por Él, un hombre concreto, pero no un hombre que además de tener una naturaleza humana tenía una divina.

Es claro que las convicciones de esta corriente era rechazar el nacimiento sobrenatural de Jesús, impugnando la preexistencia de Cristo y negando así la divinidad real de Jesús. Es por eso que para ellos el bautismo del Cristo juega un rol protagónico, puesto que Jesús al realizar esta acción es aceptado como Hijo de Dios (Berkhof, 2005, p.362) que cumple la voluntad divina. El Espíritu de Dios desciende sobre él para así evolucionar y convertirlo en ‘Dios’, entendiendo esto como una filiación divina y no que adopta la esencia divina, lo cual hace que él cumpla la ley de manera perfecta hasta la obediencia en la cruz.

En palabras de Bonhoeffer (1971) el ebionismo “lo que no logra -y esto es verdaderamente decisivo- es dar con el camino que va del verdadero Dios creador al verdadero hombre, al siervo (…) y así se ve amenazada y diluida la obra salvadora de Cristo” (p.61). Como ellos no pudieron confesar a Cristo como verdadero hombre y verdadero Dios, la iglesia tuvo que condenarlos como herejes que atentaban los cimientos del cristianismo.

Gnosticismo: Ha habido mucha especulación respecto al gnosticismo, si es una corriente precristiana o post cristiana, sin embargo, la problemática más grande no es si fue antes o después de Cristo, sino su enseñanza e influencia en el pensamiento cristiano. El gnosticismo tiene su raíz en la palabra griega gnosis, que significa conocimiento. Los pensamientos de este grupo eran de una “filosofía racionalista con tendencia intelectualmente exclusivista que pretendía dar una respuesta a la interrogante del mal y al origen del universo”. Para los gnósticos la fe era algo ilógico e inferior, ya que estaba fundada en la irracionalidad del pensamiento. Ellos consideraban que el conocimiento, en cierta manera, era un “canal para la salvación”, y que éste “no era obtenido mediante un esfuerzo mental”, sino que tenía su procedencia desde “un origen sobrenatural”, siendo esta fuente la mismísima revelación divina. Por tanto, no es para nada extraño que ellos hayan considerado que el conocimiento “es en sí redención perfecta” (Carballosa, pp.15-16).

La peligrosidad del pensamiento de este grupo no era exactamente la concepción que ellos tenían acerca del conocimiento, cómo se adquiría y las consecuencias de tenerlo, más bien radicaba en cuanto al sincretismo o la confluencia entre el pensamiento cristiano y el gnóstico: el resultado de ambos atentaba directamente en contra de la persona de Cristo y de su obra. Ellos pensaban que Cristo simplemente era una emanación de Dios, en donde por medio de esa emanación se efectuaba el regreso “del mundo material sensible al mundo ideal que está más allá de los sentidos”, prácticamente como si el Señor “vino solamente a disipar la ignorancia” (Carballosa, p.16). Como sus pensamientos estaban fuertemente influenciados por la creencia de que el cuerpo material es malo y el alma o espíritu inmaterial es bueno, concebían ideas descabelladas como las de un Cristo sin cuerpo.  Y como su pregonar era un Cristo sin cuerpo, prontamente la idea estaría fundamentada en un Cristo sin humanidad, descartando complemente la encarnación del Logos. Como dice Hernán Giudice (2011), “Jesús quedó convertido en una ilusión o soporte provisional de cierto poder divino” concibiendo imposible la proximidad de dos naturalezas en Jesús. La salvación que traía Cristo era puramente espiritual de los pocos privilegiados del ‘conocimiento’, dado que “la carne del hombre, es decir, el lugar de su nacimiento, de su trabajo, de sus sufrimientos, de su amor y de su muerte, la carne que se confunde con su propia vida, queda abandonada a la perdición” (p.232). En el pensamiento de ellos era imposible reconciliar la idea de que el Ser espiritual pudiese ser revestido de la carne maliciosa (Berkhof, p.362).

Monarquismo: Este término fue utilizado para designar a aquellos grupos que tenían una mala idea de la Trinidad y que ponían especial énfasis en la unidad numérica y personal de Dios. Carballosa (1987) distingue el monarquismo en dos grupos: los racionalistas o dinámicos, quienes “negaban la deidad de Cristo considerándolo como una fuerza o poder”, y los modalistas o patripasianos, quienes identificaban “al Hijo con el Padre, negando así la pluralidad de personas en la Deidad y aceptando una Trinidad económica, es decir, un triple modo de revelación en lugar de una Trinidad de personas” (p,18).

Monarquismo racionalista o dinámico: Está claro que si este grupo consideraba a Cristo simplemente como hombre lleno del poder de Dios, no era distinto de lo que sucedió con Esteban u otros personajes bíblicos que fueron llenos del poder de Dios; aun así, ellos tenían esta convicción. Además, ellos afirmaban que este poder divino que residía en Cristo fue desde el principio de su vida, dado que “los monarquistas admitían que Jesús había sido generado sobrenaturalmente por el Espíritu Santo”.

Monarquismo modalista o patripasiano: Este grupo tenía la convicción de que el Señor soberano, por un acto de Su beneplácito se autolimitó, haciéndose hombre; de modo que el Hijo es el Padre manifestado en carne. Es evidente que ellos no tenían nociones acerca de la diferencia entre persona y esencia, lo cual producía que le digan triteistas a que aquellos que enseñaban que en Dios habían tres personas.

Años más adelante, un tal Sabelio comenzó a enseñar la revelación de Dios en tres modos diferentes. Según Carballosa (1987) Sabelió creía que Dios, “como Padre, creó todas las cosas y dio la ley a Israel (…) como Hijo tomó la tarea de la redención (…) y como Espíritu Santo, después de haber completado la obra redentora” (p.21). La enseñanza de este hombre daba a entender que cada manifestación de Dios se efectuaba cuando la otra terminaba. Esto quiere decir que Sabelio negaba rotundamente que Dios fuese Padre, Hijo y Espíritu Santo al mismo tiempo.

Arrianismo: Hacia el año 313 después del Señor Jesucristo, Arrio, precursor del arrianismo, fue designado como presbítero en Alejandría, y ya desde entonces comenzaría a enseñar doctrinas en contra de la persona de Cristo. Arrio tenía la audacia de señalar que “aunque Cristo era el creador del universo, él mismo era una criatura de Dios y, por lo tanto, no era totalmente divino”; además, se esmeró en enseñar que sólo hay un Ser “de quien puede decirse que es sin principio, siendo este ser Dios”. Él decía que enseñar que el “Hijo no tuvo principio (…) equivaldría a creer en la existencia de dos dioses de igual rango”. Dado que Arrio tenía una fuerte tendencia hacia el monoteísmo, pero desvirtuado, no podía concebir que el Hijo fuese igual en esencia al Padre, por lo tanto, según él, el “Hijo no fue siempre, sino que tuvo un principio (…) el Logos fue creado por el Padre antes de la creación del mundo”. Pero, las enseñanzas de Arrio no sólo denostaban la divinidad de Cristo, él también argumentó ciertos pensamientos que atacaban directamente su humanidad, de modo que llegó a afirmar que “Cristo no poseía un alma humana” (Carballosa, pp.22-23): ni era verdaderamente hombre, ni era verdaderamente Dios.

Justo González (1965), al escribir acerca de las enseñanzas de Arrio, dice lo siguiente: “la doctrina de Arrio parte de un monoteísmo absoluto, según el cual el Hijo no puede ser, ni una encarnación del Padre, ni una parte de su substancia, ni otro ser semejante al Padre, pues cualquiera de estas tres posibilidades negaría, o bien el carácter inmaterial de Dios, o bien su unicidad. El Hijo no puede no tener un origen, pues entonces sería hermano del Padre, y no hijo. Luego, el Hijo tiene principio, y fue creado o hecho por el Padre de la nada. Antes de tal creación, el Hijo no existía, y es incorrecto afirmar que Dios es eternamente Padre. Esto no quiere decir, sin embargo, que no hubiese siempre en Dios un Verbo, una razón inmanente; pero este Verbo o razón de Dios es distinto del Hijo de Dios, sólo fue creado más tarde” (p.278).

Ante tal arremetida de Arrio en contra de los fundamentos del cristianismo MacLeod (2011) dice que “lo que estaba en juego era el futuro del cristianismo como religión”, porque “si Cristo no era Dios, no podía ser la revelación de Dios (…) si Cristo no era Dios, los hombres no habían sido redimidos por Dios (…) si Cristo no era Dios, los creyentes no estaban unidos a Dios (…) sobre todo, si Cristo no era Dios, los cristianos no tenían derecho a adorarle (…) ciertamente, si lo hacían, recaerían en la superstición y la idolatría pagana” (p.138). Ante estas enseñanzas, el obispo Alejandro y luego su discípulo inmediato Atanasio, el más invaluable enemigo del Arrianismo, defendieron firmemente la posición de que “el Hijo es consustancial con, y de la misma esencia que el Padre” (Berkhof, 2005, p.363), para luego esta posición ser declarada y adoptaba oficialmente por el concilio de Nicea en el año 325 después de Cristo.

Apoliranismo: El apoliranismo recibe el nombre de Apolinar de Laodicea, un amigo muy cercano en algún tiempo de Atanasio, quien fue un defensor férreo del Credo de Nicea y un acérrimo opositor a Arrio. Él creía efectivamente en la divinidad y humanidad de Cristo, demostrando por medio de sus creencias de que si Cristo es solamente Dios no era capaz de salvar a los pecadores, ya que no podía sufrir la muerte del pecador, o que si era solamente hombre, no podía salvar a los pecadores, puesto que un hombre por sí sólo no tenía la capacidad para salvar a muchos por medio de su muerte. Con el propósito de fundamentar sus pensamientos y preservar la integridad  acerca de la persona de Cristo, lamentablemente hizo lo mismo que su contrincante Arrio. Si Arrio negaba la perfecta y verdadera divinidad de Cristo, Apolinar llegó a negar la perfecta y verdadera humanidad de Jesucristo.

¿Cómo es esto? Como Apolinar creía en el tricotomismo (Berkhof, p.362), él concluía que “Cristo asumió un cuerpo humano que poseía el principio de la vida, es decir el alma, pero que el Logos divino tomó el lugar del espíritu humano, aunque su cuerpo y su alma eran humanos”; él no creía que Cristo “tenía un espíritu humano” y que si Cristo “fuese un hombre perfecto, no habría manera de garantizar su impecabilidad y se produciría un problema serio al tratar de armonizar las dos voluntades” (Carballosa, p.26; MacLeod, p.178).

Ante tal especulación de Apolinar, la respuesta de la iglesia no se hizo esperar, y fue así que Gregorio Nacianceno, Gregorio de Nisa y Basilio el grande respondieron contundentemente las convicciones de Apolinar, refutando su creencia. Ellos respondieron que si Cristo no hubiese sido verdadero hombre “no sería posible explicar las limitaciones que demostró durante su ministerio terrenal ni la lucha entre la voluntad humana y la divina”. También afectaría “a su capacidad para salvar ya que el pecado afecta al hombre en la totalidad de su ser (…) de modo que es necesario que el Redentor sea totalmente divino y totalmente humano (Carballosa, p.26). Por tanto, la enseñanza de Apolinar no sólo afectaba la persona de Cristo, sino, también su obra.

Nestorianismo: Dada la proclamación del evangelio del Señor Jesucristo y su impacto en las naciones, se desarrollaron básicamente dos escuelas fuertes de creyentes: la escuela en Antioquía y la escuela en Alejandría. Los de Antioquía se enfatizaban en la humanidad de Cristo, aunque no negaban la divinidad del Logos, y los de Alejandría procuraban defender la deidad de Cristo, sin tampoco negar su humanidad. Nestorio, quien fue el padre del pensamiento nestoriano, era procedente de Antioquía, patriarca en Constantinopla. Algunos arguyen que él no fue precisamente quien desarrolló la doctrina nestoriana, y además que él fue injustamente acusado de algo que no creía, pero sin embargo, años más tarde, vendrían algunos que afirmarían ser seguidores de este pensamiento y Nestorio, propagando una mala enseñanza acerca de la persona de Cristo.

Ya sea que Nestorio propuso esta enseñanza o no, el nestorianismo concluye que “si Jesús era Dios en la eternidad, entonces María no fue la madre de su naturaleza divina (…) sin embargo, en su humanidad, Cristo verdaderamente nació de la virgen María”. Tales aseveraciones no son para nada heréticas, sino más bien totalmente bíblicas; pero, el problema suscita en las conclusiones que tiene esta doctrina acerca de estas dos afirmaciones. Concluían que si esto es así, entonces “Jesús tenía dos personas” (Berkhof, p.363). Esta corriente creía que la persona de Cristo “era similar a la de un cristiano en quien el Espíritu Santo (otra persona) habita” (Carballosa, 1989, p.29).

Los nestorianos “ponían todo su empeño en la defensa de los hechos bíblicos en los que se manifestaba la plena humanidad de Cristo”, sin embargo, al desestimar todo el consejo de las Escrituras, erraban en formular vanas especulaciones de Cristo. Ante estas enseñanzas “la iglesia primitiva tuvo que condenar la herejía nestoriana porque en ella la humanidad y la divinidad de Cristo quedaban tan separadas una de otra que resultaba impensable la unidad de la persona de Jesucristo y ya no se podía hablar seriamente de una encarnación de Dios” (Bonhoeffer, 1971, pp.63-64).

Eutiquianismo o Monofisismo: Una vez que fue condenado el nestorianismo, tocó el turno de Eutiquio, quien fuera el padre del eutiquianismo. Como el nestorianismo afirmaba la distinción entre las naturalezas humana y divina de Cristo hasta crear una doble personalidad, el eutiquianismo afirmaba todo lo contrario, o sea, una unidad personal de Cristo a expensas de la distinción de las dos naturalezas, de tal manera que el Logos absorbía la naturaleza humana.

El monofisismo, (de monofusis, una sola naturaleza), llegaba a la conclusión de que Cristo “estaba compuesto de dos naturalezas”, pero no existía en dos naturalezas. La naturaleza humana de Cristo había sido absorbida (Berkhof, 2005, p.364) y fusionada por y con la divina, “resultando en la formación de una sola naturaleza” (Carballosa, 1987, p.32), determinado al fin y al cabo que Cristo ni era verdaderamente Dios ni era verdaderamente hombre.

Ante tal sublevación en contra de la persona de Cristo la iglesia tuvo que reaccionar condenando la herejía monofisita, dado que en ella “la naturaleza de Cristo era finalmente absorbida por la naturaleza divina, y porque el monofisismo desembocaba además una especulación sobre la esencia de Dios y del hombre, y en último término, afirmaba la identidad de ambos” (Bonhoeffer, p.63). Tal determinación que se estipuló en el Concilio de Calcedonia acerca de la persona de Cristo afirmó la “doctrina de la unión inseparable e indivisible, sin confusión y sin cambio, de dos naturalezas perfectas y completas, la humana y la divina, en la persona de Cristo” (Carballosa, p.32).

Monoteletismo: Ante las determinaciones plasmadas en el concilio de Calcedonia acerca de la persona de Cristo, hubo un gran esfuerzo en contra de las decisiones tomadas por la iglesia, este esfuerzo fue el Monoteletismo, llevando a la iglesia a pensar si Cristo tiene voluntad o voluntades. Tal corriente doctrinal no tenía sólo la intención de entender la verdad acerca de la persona de Cristo, también, dado el contexto político de aquella época, tenía el propósito de unificar a los “disidentes monofisitas” en el reinado de Heraclio (610-641). Como el monoteletismo afirmaba que Cristo sólo poseía una voluntad, “armonizaba perfectamente con el monofisismo”, mientras “que la doctrina de las dos naturalezas” de Cristo lo hacia “con la de las dos voluntades” (Carballosa, p.34).

Los monoteletistas tenían la intención de preservar la integridad de la persona de Cristo, sosteniendo que si Cristo hubiese tenido dos voluntades no se hubiese esperado más que un conflicto entre ambas, generando una rebelión de la voluntad humana en contra de la divina. Por lo cual, la idea de una sola y única voluntad era la mejor opción para resguardar la impecabilidad de Cristo. Aquellos que creían que en Cristo había dos voluntades, “sostenían que para que la redención fuese completa tenía que incluir una perfecta humanidad”. Argüían que si no había “voluntad humana” no  podía “haber una humanidad completa”, concluyendo que “Cristo no pudo haber sido hombre completo si una voluntad humana”. Para fundamentar su razonamiento citaban pasajes como Mateo 26:39, Lucas 22:42, Juan 6:38, en donde claramente se veía la voluntad de Jesucristo contrastada con la voluntad divina del Padre, sin hacer referencia a la voluntad divina de Cristo. Fue así, que la respuesta que se dio ante tal objeción de que había dos voluntades en Cristo y no sólo una, desembocó que en el “sexto concilio ecuménico” de Constantinopla se enfocaran en el hecho “de que la voluntad divina de Jesús estaba en perfecta armonía con la del Padre hasta el punto de una completa identificación”, cimentando esta afirmación en que la “Trinidad posee una sola voluntad” (Carballosa, 1987, pp.34,35; Berkhof, 2005, p.364). Esto quería decir que por cuanto el ser de Dios tiene sólo una voluntad divina, y por cuanto Cristo es verdaderamente Dios y verdaderamente hombre, él tenía dos voluntades, las cuales en ninguna manera se oponían la una con la otra. 

Adopcionismo: Esta corriente es considerada como la enseñanza de un tal Migetio en el siglo VIII, siendo como una continuación del nestorianismo, pero de una manera modificada. Migetio, creyendo resolver el problema de la Trinidad demostró que “no distinguía entre el Logos y Cristo, dando a entender que la segunda persona de la Trinidad no existía antes de la encarnación”. Además él afirmaba que en la Trinidad hay tres personas corporales: “El Padre (David), el Hijo (Jesús, la simiente de David), y el Espíritu Santo (Pablo)”, de tal manera que “proponía una triple manifestación histórica de Dios” (Carballosa, p.37).

El problema del adopcionismo fue la falta de distinción entre la naturaleza y la persona de Cristo. Ellos al enseñar que Cristo respecto a su naturaleza humana era Hijo de Dios nominalmente por adopción (Berkhof, p.364), y que según su naturaleza divina era verdaderamente el Hijo eterno de Dios, caían en el error de una dualidad de persona en Cristo. Las refutaciones a esta doctrina no se hicieron esperar. La contraparte que argumentó fielmente las Escrituras para determinar el error del adopcionismo dijo que esta corriente dividía la persona de Cristo, y que Cristo, “en el acto de la encarnación (…) no tomó para sí una persona humana, sino una naturaleza humana perfecta (…) de modo que el Señor siempre ha sido una persona divina quien desde la encarnación posee dos naturalezas” (Carballosa, p.38).

Conclusión

Providencialmente, las subversiones en contra de la persona de Cristo, tanto su humanidad como divinidad, han permitido desarrollar una doctrina sólida a lo largo de los siglos. Si Dios de forma soberana no hubiese permitido los ataques en contra de la doctrina de su Hijo Jesucristo, difícilmente se podría haber enraizado la enseñanza acerca de Cristo de manera tan profunda. Por tanto, todo creyente del siglo XXI debería solamente alabar a Dios por Su glorioso plan de dejar que herejías destructoras se hayan introducido en medio de Su iglesia y decir a una voz y en un mismo entendimiento:

“Nosotros, entonces, fieles a los santos padres y todos de mutuo acuerdo, enseñamos a los hombres a confesar al único y mismo Hijo, a nuestro Señor Jesucristo, que es perfecto en divinidad y también perfecto en humanidad; verdaderamente Dios y verdaderamente hombre, con un alma racional y cuerpo; consustancial con el Padre conforme a la divinidad, y consustancial con nosotros conforme a la humanidad; semejante en todas las cosas a nosotros, pero sin pecado; engendrado desde antes de la creación por el Padre conforme a la divinidad, y en los últimos días, para nosotros para nuestra salvación, nació de la virgen María, la madre de Dios, según la humanidad; el único y el mismo Cristo, Hijo, Señor, Unigénito, para ser reconocido en dos naturalezas, inconfundibles, inalterables, indivisibles, inseparables; la distinción de naturalezas no desaparecen en absoluto por la unión, sino que quedan preservadas las propiedades de ambas naturalezas, y  concurren juntas en una Persona y una Sustancia, no separadas ni divididas en dos personas, como lo habían declarado los profetas acerca de él desde el principio, y el mismo Señor Jesucristo nos ha enseñado, y como nos lo ha pasado a nosotros el Credo de los santos padres” (Concilio de Calcedonia, 451).

Referencias

– Berkhof, L. (2005). Teología Sistemática. Libros Desafío. Grand Rapids, Michigan 49503, Estados Unidos.

– Bonhoeffer, D.  (1971). ¿Quién es y quién fue Jesucristo?: Su historia y su misterio. Libros del Nopal, Ediciones Ariel. España.

– Carballosa, E. (1982). La deidad de Cristo. Editorial Portavoz. Grand Rapids, Michigan 49501, Estados Unidos.

– Concilio de Calcedonia, 451.

– González, J. (1965). Historia del Pensamiento Cristiano (2 tomos). Buenos Aires: Methopress.

– Guidice, H. (2011). Herejías, espiritualidad, pastoral. Ayer y Hoy. Revista Teológica, Tomo XLVII N° 105.

– MacLeod, D. (2011). La persona de Cristo. Publicaciones Andamio. Barcelona.

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