La Apologética olvidada del mundo Pentecostal | Isaac Ibarra

Los seres humanos somos como un péndulo

Uno de los grandes problemas del ser humano, sea creyente o no, es mantenerse en el centro y en la objetividad. Somos como un péndulo, vamos de extremo a extremo. Esto se acentúa más en temas concernientes a la religión o espiritualidad. Siempre proliferan más los pensamientos radicales de cada asunto dentro del estudio del cristianismo. Por ejemplo, la salvación: calvinistas o arminianos. Los dones: cesacionistas o continuistas. En cuanto a la liturgia, muy reformados o pentecostales, y dentro de estos dos grupos incluso encontramos algunos extremos.

Es difícil mantenernos en el centro. Tal vez para simpatizar o encajar en el medio donde nos encontramos. A veces tenemos temor de que nuestra opinión suene muy pentecostal en un círculo reformado, o muy reformado en un círculo pentecostal. ¡Admitámoslo! Es natural querer ser aceptados en los círculos en los cuales nos desenvolvemos y, quizá, evitar las miradas punzantes de aquellos que se sienten cómodos en ese medio. Hasta yo mismo siento que estoy divagando y dando muchas vueltas para no molestar a nadie.

Desde que tengo uso de razón he asistido a la iglesia. Actualmente tengo 33 años y la mayoría de ese tiempo lo he pasado en la Iglesia Metodista Pentecostal. A menudo me preguntaba cuál era el origen del nombre “metodista pentecostal”. El de “pentecostal” lo tenía claro, pero cuando los hermanos “mayores” me explicaban el origen del término “metodista” quedaba insatisfecho. En general, decían que el término estaba relacionado al método u orden de la liturgia y a su hora de inicio y término. Para ser franco, nunca logré entender el significado real de la palabra “metodista”.

Como adelanto, no hablaré sobre los inicios de la línea metodista pentecostal en Chile. Solo quería comentar que el simple hecho de conocer el significado de la palabra “metodista” me llevó a estudiar y leer sobre el origen de la Iglesia Pentecostal en Chile, una historia muy interesante y apasionante. En los inicios del movimiento pentecostal chileno el único motor que impulsaba a los nuevos hermanos era la predicación y expansión del evangelio. No importaba el tipo de audiencia, el lugar ni la condición en la que se encontraba la persona. Lo único que sabían -y lo que les importaba- era que todos debían conocer el mensaje de salvación.

Los inicios del pentecostalismo chileno

El pentecostalismo se propagó y se multiplicó por las esferas más bajas de la sociedad, entre obreros y campesinos, analfabetos y borrachos, cantinas y burdeles. A pesar de que el evangelio ya había llegado hace muchos años a través de las iglesias históricas como las anglicanas, episcopales, luteranas, presbiterianas y bautistas, ninguna logró la gran revolución que causó el movimiento de estos simples campesinos, ya que las iglesias históricas no estaban interesadas en la “plebe” de ese tiempo. Como dato de esto último, la mayoría de las iglesias históricas construidas por esos años estaban situadas en lugares más acomodados. Este movimiento nació de antiguos integrantes de la iglesia episcopal, los cuales no eran todos campesinos o iletrados.

En esos tiempos ocurrieron hechos muy lindos, importantes e impresionantes. Fue literalmente un “estallido espiritual”. Todos los días llegaban nuevas personas a las iglesias improvisadas de los hermanos pentecostales y se contaban por cientos los integrantes que se adherían al movimiento, de la ciudad hasta los campos más recónditos del país en el sur de Chile. Luego desplazándose hacia el norte. Fue un mover realmente impresionante que muchos de los hermanos más ancianos hoy en día que vivieron esos tiempos aún lo añoran y lo recuerdan con gran pasión. En el movimiento pentecostal, hoy por hoy, se anhela poder volver a aquellos tiempos.

Líneas atrás hablé sobre el movimiento pendular de nuestras creencias y posiciones teológicas, y me referí al movimiento pentecostal. De hecho, creo que hay una conexión con el pentecostalismo actual. Sé que este escrito será muy segmentado, pero creo que puede mostrar una realidad que ocurre tanto en círculos reformados y no reformados.

En sus inicios, el pentecostalismo mostró tal énfasis en la expansión del mensaje de salvación que descuidó por años el estudio serio y solemne de las sagradas escrituras. Se priorizó la experiencia sensorial y emotiva por sobre el estudio de la Biblia, olvidando que esto último fue aquello que los llevó a un gran avivamiento. Olvidaron que unos hermanos expulsados de la iglesia episcopal se encontraban estudiando el libro de los Hechos de los apóstoles, leyendo el pasaje del “día de pentecostés” en el aposento alto, cuando le preguntaron al pastor Hoover qué les impedía a ellos vivir ese avivamiento. A lo que el pastor respondió: “pues nada, solamente nosotros”. De inmediato se entregaron a un estudio serio del libro de los Hechos, en conjunto con una rigurosa disciplina de oración por tres años y medio.

¿Cómo se pudo pasar de una postura tan rígida y comprometida con el estudio y la oración, a olvidarse por completo de esta disciplina? Como decía, el ser humano por esencia es un péndulo, aprecia algo solo hasta que tiene en sus manos otro “juguete nuevo”. Y nos vamos de extremo a extremo. Hoy en día, se ha perdido la pasión de los primeros años. Esa pasión que impulsó a los hermanos a entregar el mensaje de salvación a todo aquel que quisiera y pudiera escuchar, sin importarles en que condición, situación o estado se pudiera encontrar aquel oyente. Actualmente estamos en el otro extremo del péndulo. Hay un despertar real por el estudio serio de la palabra -no digo que eso sea malo-, pero nos estamos alejando de la pasión por predicar, anunciar, proclamar y testificar el santo evangelio en todo momento y lugar.

Apologética práctica

De acuerdo con Craig, “La apologética sirve específicamente para mostrar a los incrédulos la verdad de la fe cristiana”. Pero la apologética no se limita a un hecho simplemente académico o informativo, sino que también tiene una dimensión práctica conectada con el evangelismo que afecta la vida integral del cristiano. La apologética no solo se mueve en la esfera racional del creyente, sino que moldea su actuar para llevarlo a una ortopraxis. Tanto el extremo enfocado en lo testimonial, sensorial y emotivo, así como el racional, académico y asociado al estudio son dañinos para el cristiano. Comprender la dimensión práctica de la apologética y su conexión con el evangelismo puede ayudarnos en el desafío de mantener una armonía entre estos dos extremos.

Por lo tanto, es latente observar en qué dirección se encuentra nuestro péndulo. Los dos extremos son malos. De hecho, todo extremo es pésimo para la razón y función del ser humano, ya sea que este tenga una causa o un pensamiento noble. Tratemos de llevar un pensamiento objetivo y centrado respecto a la misión y labor que fue entregada en nuestras manos.

¡Que el Señor nos ayude!

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