Las pistas de Dios en el universo según McGrath como fundamento para la construcción de una “Big Picture” teísta de la realidad | Leo Contreras

Cuando hablamos de pistas no hablamos de “pruebas”, apunta McGrath en su libro Mere Apologetics. Una pista sugiere, pero no demuestra. Sin embargo, una gran cantidad de pistas pueden apuntar hacia una totalidad mayor que contiene el sentido del cuadro y, a la vez, provoca que cada pista brille con más fuerza y la veamos en perspectiva. Las pistas apuntarían a un marco explicativo, proporcionando “una narrativa” para lo que pensamos, vemos y sentimos. En otras palabras, si el cristianismo es verdadero, entonces deberíamos observar ciertas pistas de Dios en el universo.

La “apologética de los indicios” que presenta McGrath nos remite al método apologético acumulativo (o la “inferencia a la mejor explicación”). No podemos probar la existencia de Dios, pero sí tenemos buenas razones para creer que existe. McGrath parece identificar en el cristianismo una suerte de “teoría de la vida” con un gran poder explicativo y superior a sus teorías rivales. Veamos, entonces, las ochos pistas (o indicios) de McGrath.

Pista 1: El origen del universo

Desde sus inicios la teoría del Big Bang fue objeto de prejuicios de científicos que identificaban en ella un intento religioso para explotarla con fines teológicos. Un caso paradigmático fue el astrofísico Fred Hoyle, uno de los artífices de la “teoría del estado estable”. El autor recuerda el debate de 1948 llevado a cabo en Londres entre el ateo Bertrand Russell y el cristiano Frederick C. Copleston y afirma que la creencia en la eternidad del universo habría puesto a Russell en una posición ventajosa, destacando que en ese punto Russell habría ganado el debate.

Sin embargo, da un paso más y se pregunta cuál sería el resultado si un debate similar hubiera ocurrido posterior a la década de 1960 —acá McGrath probablemente tiene en mente el descubrimiento de la radiación de fondo de microondas en Nueva Jersey—. Ese debate, dice, se realizó en 1998 entre el ateo Anthony Flew y El cristiano William Lane Craig. A este respecto, McGrath argumenta que la “premisa menor” (El universo comenzó a existir) del argumento cosmológico —aunque no es explícito en que está reflexionando en torno a ese argumento— se habría rechazado en 1948 y que hoy es aceptada por prácticamente todos los científicos. Después del debate, declara, Flew tomó distancia del ateísmo.

Pista 2: El universo fue diseñado para la vida

¿Cuáles son las implicaciones apologéticas del ajuste fino?, se pregunta McGrath. El ajuste fino nos dice que una pequeña variación en alguna de las constantes fundamentales de la física como aquellas derivadas de la cosmología, así como un ligero cambio en las condiciones iniciales del universo primigenio, habría hecho imposible la existencia del universo y la vida como la conocemos. El astrónomo británico Martin Rees, expresa el autor, ha argumentado que la emergencia de la vida humana se rige por tan solo seis números como la razón entre la fuerza eléctrica y la fuerza gravitacional en un átomo de hidrógeno, la densidad del universo, el número de dimensiones espaciales, la constante cosmológica, entre otros valores. Y que una leve variación en algunos de ellos no habría permitido la existencia tanto del universo como de la vida terrestre. Nuestro universo es atípico en el sentido de que el universo existe, pero es uno tal que la vida basada en el carbono es posible. Si la gravedad fuera mucho más débil entonces no podrían formarse estrellas de la secuencia principal, que corresponden a cerca del 90% de las estrellas que observamos en el universo.

En la misma línea, señala el autor, el matemático Roger Penrose ha argumentado que la entropía del universo existe en un valor preciso en comparación con el rango de valores posibles. Por otro lado, continúa, el cosmólogo Fred Hoyle ha expresado su curiosidad en relación con las implicaciones teístas en estas observaciones, como si un “superintelecto” estuviera detrás de estas coincidencias. Esta curiosidad fue posiblemente motivada por sus descubrimientos en la resonancia nuclear precisa del carbono que habría posibilitado su existencia en cantidades tales que la vida emergiera. Dadas las implicaciones teístas de estos datos de la naturaleza, McGrath se pregunta si la evidencia podría ser mejor explicada por creación divina o por casualidad.

Como aduce el autor, una de las alternativas para escapar de estas implicaciones teístas es postular la existencia del “multiverso”, pero tal multiverso estaría desconectado de nuestra realidad física y es difícil concebir que una ley de la física aplicada a nuestro universo pudiera aplicarse al “hipotético” multiverso. En otras palabras, razona, no podemos extraer conclusiones de nuestro universo para explicar el funcionamiento del multiverso. Con todo, aun si nuestro universo estuviera interconectado con el multiverso los problemas del Big Bang se actualizarían de una forma más compleja. Finalmente, razona el autor, el ajuste fino es una pista que encaja fácilmente con la creencia cristiana en un Dios creador. No prueba nada, separada puede ser insignificante, pero apunta hacia Dios y es un hilo más para dar con un “panorama general” de la realidad.

Pista 3: La estructura del mundo físico

La creencia en un cosmos ordenado es vital para la empresa científica. El universo es racionalmente transparente y matematizable, lo que está en armonía con la creencia cristiana en un mundo regular e inteligible. Según el científico, hay algo especial en la relación entre el mundo y la mente que permite discernir sus patrones. Relación que el físico Paul Davies pondría de relieve al expresar que la justificación de lo que llamamos “enfoque científico” de la investigación fue la creencia en un dios racional, creador y cuyo orden en la creación podía ser estudiado cuidadosamente en la naturaleza. Pero la inteligibilidad del mundo no es obvia, advierte, sino que estriba en que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios. En la misma línea el físico John Polkinghorne repara que el universo podría haber sido inaccesible a la mente, pero lo es. Para Polkinghorne, dice el autor, hay una congruencia entre la mente y el universo. La ciencia depende de la “irrazonable efectividad” de las matemáticas, como alguna vez pontificó el matemático Eugene Wigner en relación con la naturaleza de su campo de estudio. El punto de Polkinghorne, sostiene el autor, es que la fe cristiana ofrece un mapa de la realidad que nos permite dotar de sentido a las observaciones.

Tanto la racionalidad interna como externa nos remite a una racionalidad común: Dios. La racionalidad externa es asumida por la ciencia para hacer posible su empresa, pero no tiene la respuesta de tal supuesto. Y la fe sí la proporciona. A contrapelo con la idea extendida del conflicto entre ciencia y fe, esta última ofrece una explicación de por qué la ciencia funciona, tendiendo un punto de contacto con las ciencias naturales. McGrath es taxativo a la hora de manifestar su distanciamiento de la “apologética de las brechas”, muy común en trabajos más antiguos. Como ejemplo de un científico afín a su postura nos habla del químico teórico de Oxford Charles Coulson (1910-1974) y sobre una de sus grandes frases: “[…] Dios está en toda la naturaleza, sin vacíos, o no lo está en absoluto”. A modo de cierre, el autor expresa que la apologética consiste en mostrar cómo el panorama general del cristianismo da sentido al mundo.

Pista 4: La Moralidad y el anhelo de justicia

Los ideales platónicos de verdad, belleza y bondad son “puertas de entrada” a la fe que operan como ventanas que reflejarían un origen último que las precede y las contiene en su totalidad. Nuestra condición de criaturas posibilita que compartamos con Dios, aunque sea débilmente, su racionalidad y nos entendamos como partícipes de un cuadro más amplio. La apologética clásica despunta por su confianza en la existencia de la verdad y en un orden objetivos. Exploramos el universo e incluso nos esforzamos por elucidar la existencia de Dios porque precisamente fuimos “cableados” de fábrica para esas tareas intelectuales. Como manifiesta McGrath, el anhelo de estos ideales y capturarlos es un indicador acerca de cómo debemos proceder con las personas que los buscan, ya que apuntarían hacia un origen común que cristalizaría en un anhelo por Dios.

Por otro lado, la búsqueda de un “punto arquimedeano” para asentar las bases de la moralidad está lejos de terminar. El punto, dice el autor, no es que los ateos sean inmorales por no creer en Dios, tampoco que no lo sean. El Leimotiv del problema de la moral estriba en la posibilidad de una moralidad objetiva atea que no esté supeditada a los caprichos de aquellos que ostentan el poder. En cambio, para los cristianos tal base moral es Dios. A este respecto, el autor cita algunas palabras del filósofo Paul Kurtz: “Si [los principios morales] no derivan de Dios ni están anclados en algún terreno trascendente, ¿son puramente efímeros?”

Como ejemplo paradigmático de este punto, el autor menciona el auge del nazismo y cómo una vez tomado el poder sus jerarcas se sirvieron de procedimientos legales para imponer sus ideas. En una caso así, expresa, surgen preguntas inquietantes respecto a los mecanismos para desafiar a un Estado invocando a una autoridad moral más alta, trascendente y no simplemente apelando al producto de las convenciones humanas. El enfoque pragmático de Richard Rorty afirma que no hay nada en nosotros que no haya sido puesto por nosotros mismos, es decir, no hay “atisbos de moralidad” trascendentes que podamos invocar para justificar que determinadas acciones son objetivamente inmorales. Incluso para el caso del nazismo el filósofo vacila y no es taxativo. Sin valores morales trascendentes, apunta Richard Bernstein —de la pluma de McGrath—, estamos atrapados en las arenas movedizas de grupos de poder influyentes para satisfacer sus propias necesidades.

La mejor explicación de nuestra profunda intuición de la existencia de verdades objetivas, afirma el autor —a propósito de C.S. Lewis—, es que hay una inteligencia detrás que implanta este conocimiento en el ser humano y le permite anclar sus juicios morales. Como ya se mencionó en un comienzo, más que entregar argumentos deductivos more geométrico cartesianos se busca caminar hacia una “Big Picture” teísta que dote de sentido lo que experimentamos y observamos. Si tal origen trascendente de la moral existiera, es imposible que lo encontremos dentro de la naturaleza como un hecho del universo, sino como una influencia que actúa en nosotros mismos y nos impulsa a comportarnos de cierta forma. ¿Acaso no encontramos esos vestigios de Dios dentro de nosotros? La creencia en Dios, expresa McGrath, no nos hace automáticamente buenos, pero hace posible su logro porque podemos identificar dónde hay o no bondad: tenemos un criterio de separación. Volviendo al punto acerca de la objetividad, el ateísmo parece ser impotente para justificar los valores morales, aunque los tenga y practique. Dios, en suma, proporciona una base moral sólida y una explicación razonable para nuestros anhelos de justicia.

Pista 5: El deseo de Dios

Esta pista de la existencia de Dios tiene una conexión directa con Agustín, Pascal y Lewis. En pascal encontramos el famoso adagio que reza: “el corazón tiene razones que el corazón no entiende”. En efecto, los seres humanos presentarían un profundo anhelo por algo trascendente que no se posee y que en última instancia sería el indicador de una comunión perdida que solo será restablecida una vez que el hombre vuelva donde pertenece. Solo así ese anhelo, asegura el autor, sería satisfecho. Desde otro ángulo, Agustín también trata este asunto, pero haciendo hincapié en que fuimos creados para Dios y solo en Él el hombre podría encontrar descanso. Igualmente, C.S Lewis argumenta que frente a esta suerte de aspiración no resuelta el ser humano suele tomar dos caminos: pensar que tal aspiración es un indicador de buscar en el lugar equivocado (descartando a Dios como opción) o que tal aspiración nunca será resuelta y todo intento por encontrar una correspondencia en la realidad con tal anhelo es una pérdida de tiempo. Sin embargo, dice el autor, Lewis argumenta que existiría una tercera opción, esto es, que el anhelo es verdadero y tiene una correspondencia con algo real pero que no es de este mundo. Esta idea puede ser formulada afirmando taxativamente que todo deseo del ser humano tiene un objeto correspondiente y que si encontramos un deseo (como la trascendencia) para el cual no hay un objeto en el mundo que le corresponda, entonces tal deseo debe cumplirse más allá del mundo presente.

En estricto rigor, esta forma de pensar no puede ser tomada como un argumento, pero sí como otro indicador de la correspondencia entre la fe cristiana y lo que el ser humano experimenta. Es una manera de razonar por recurso a la mejor explicación, o sea, dado un fenómeno B, entonces se postula que A es su mejor explicación. La clásica forma en que Lewis dio forma a este pensamiento es en la siguiente frase: “Si encuentro en mí un deseo que ninguna experiencia en este mundo puede satisfacer, la explicación más probable es que yo estaba hecho para otro mundo”. Si el cristianismo es verdadero, entonces eso es precisamente lo que el ser humano debería esperar. No tiene profundidad lógica, declara McGrath, pero sí profundidad existencial para abordar una experiencia humana compartida.

Pista 6: La belleza de la creación

Una apologética que haga de la belleza un recurso para la evangelización debe llevar a las personas de un amor a la creación hacia un amor a Dios, entendiendo que la primera belleza es un reflejo de la segunda. Dios, en suma, es el origen de los atisbos de belleza que observamos en el universo, que revela con el propósito de acercarnos a Él a través de una respuesta de parte nuestra. En el trayecto, dice McGrath, las personas pueden quedar “atrapadas” en la admiración de la belleza de la naturaleza y pensar que esta es el mensaje último, confundiendo el mensajero con el mensaje. De acuerdo con lo anterior, la naturaleza es una manera en la que Dios se comunica con el hombre, atrayéndolo hacia su origen.

A diferencia de un argumento deductivo, la belleza se aprecia de inmediato, razona el autor. Con todo, expresa, el hombre tiene un anhelo de belleza que podría o no responder a una realidad trascendente. Sin duda que para los cristianos esa belleza se identifica con Dios y, en última instancia, con la belleza de Jesucristo, el cual es la imagen de Dios. Como mencionábamos líneas arriba, las personas pueden quedar confinadas a la admiración de la belleza de la creación, sin caer en la cuenta de que tal admiración y búsqueda jamás serán satisfechas fisgoneando el mundo natural o finito. Nuestros anhelos se verán truncados si esperamos satisfacer el anhelo de belleza que poseemos a través de las reminiscencias que apuntan hacia nuestro verdadero hogar, jamás experimentado. Podemos mostrar la belleza del evangelio de la misma manera que lo hace un joyero con un diamante que refleja la luz del Sol. Dentro de esta “Big Picture” la belleza del mundo puede leerse como un indicio de la existencia de Dios. Si Dios existe es esperable que su creación refleje belleza y nos remita a una belleza superior.

Pista 7: Dios como ser relacional

El relato de la creación arroja luz sobre un punto a veces pasado por alto respecto al carácter de Dios. Dios determina que no es bueno que el hombre esté solo y crea a Eva. Este hecho, dice el autor, es un reconocimiento de la “relacionalidad” de los seres humanos, entre ellos y con Dios. Esta sería, entonces, la manera auténtica de existir. Aristóteles, recuerda McGrath, ya habría de alguna forma manifestado esta tendencia egregia de los seres humanos en su declaración de que somos “animales políticos”. Sin embargo, esta tendencia, apunta, para la mayoría de las personas se manifiesta en forma de amor. A este respecto, argumenta el autor, mucha tinta ha corrido con el afán de mostrar las facetas de este fenómeno. Personas ricas son infelices por falta de amor. El hombre, de hecho, necesita relacionarse con los demás y con Dios, lo que subraya los aspectos relacionales de nuestra fe. A pesar de que podemos elaborar listas con proposiciones, credos y sobre lo que creemos acerca de Dios y de nosotros mismos en relación con la Biblia, Dios es un ser relacional en quien podemos confiar. El punto apologético, expresa el autor, descansa en que fuimos creados para relacionarnos con Dios y jamás estaremos satisfechos si no logramos ese propósito. Cuando llegamos al cristianismo estamos completos y no necesitamos nada más para ser felices. Como señala el autor, esta pista de la existencia de Dios es una forma del anhelo por Dios, salvo que esta vez Dios no se presenta como reflejo de algo, sino directamente como una persona que necesitamos conocer pues, como decía Pascal, tenemos dentro de nosotros un vacío con “forma de Dios” que solo Él puede llenar. En Dios encontramos nuestro lugar originario y nuestra vida es dotada de sentido.

Pista 8: La eternidad

En Eclesiastés 3:11 encontramos que Dios ha puesto eternidad en el corazón del hombre, recordándole la brevedad de la vida y que su último destino no es morir y desaparecer, sino trascender el espacio y el tiempo. Nuestra existencia efímera, dice el autor, apuntaría a una existencia que la supera, lo que se vería confirmado con la intuición de que hemos sido creados para algo más y que esta residencia terrenal a ratos nos es ajena. Agustín ya habría considerado este punto, afirmando que tenemos un recuerdo persistente de un pasado que no podemos borrar. Este recuerdo se expresaría en la esperanza cristiana de un futuro más justo, glorioso, hermoso, que encarna lo mejor de todo. Como advierte McGrath, esta esperanza en algo mayor podría no corresponder a algo real, pero sí está en sintonía con lo que esperaríamos desde una óptica cristiana que cree en un encuentro final con Jesucristo. Esta esperanza, en resumen, reflejaría la eternidad plantada por Dios en nuestros corazones como preámbulo para nuestra verdadera realización.

Palabras finales

Los ocho indicios aquí mencionados forman una suerte de red difícil de romper. El cristianismo es razonable en el sentido de que logra responder a las preguntas más acuciantes del ser humano, aquellas relacionadas con su propia existencia y con el mundo que lo rodea. Como expone el autor, estos indicios no son argumentos deductivos. Pero operan como la mejor explicación para un conjunto de fenómenos observados, al igual que una teoría científica. Si el cristianismo es exitoso en esta empresa, entonces su capacidad para provocar, atraer y persuadir está justificada. En los términos expuestos, es totalmente razonable ser cristiano. Solo quedaría estudiar en profundidad en qué medida otros sistemas de creencias logran explicar los datos igual o mejor que el cristianismo. Pero que este encaje tan bien con la realidad, sin la necesidad de introducir variables adicionales y conceptos enrevesados, explica por qué el evangelio sigue vivo y brilla con luz fulgurante, además de ser un indicador poderoso de su veracidad.

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