Siete objeciones hacia el cristianismo a la luz de Tim Keller | Leo Contreras

Introducción

En pleno auge del denominado “nuevo ateísmo” sale a la luz en 2008 el libro escrito por el pastor presbiteriano Timothy Keller The Reason for God: Belief in an Age of Skepticism. (Disponible en español a partir de 2017). El escrito se divide en dos partes: la primera, destinada a tratar las principales objeciones hacia el cristianismo (capítulos del 1 al 7); y la segunda, enfocada en brindar razones para la fe (capítulos del 8 al 14). A diferencia de otros libros de apologética, la faceta pastoral del autor permea todo el libro y me inclino a pensar que es más fuerte en su segunda mitad. Esta última consideración ha centrado mi atención en los siete primeros capítulos lo suficiente como para embarcarme en la tarea de elaborar un resumen. La audiencia de Keller se esclarece cuando notamos que, mientras escribe, parece tener un ojo puesto en la iglesia que pastorea (Redeemer Presbyterian Church, New York City) y otro en la arremetida atea ya mencionada. A continuación, se presentará un resumen de la primera parte del libro capítulo por capítulo. Para finalizar con algunas palabras de cierre.

Capítulo 1. No puede haber una sola religión verdadera

El autor expone algunas declaraciones tendenciosas hacia el cristianismo respecto a su reclamo de “exclusividad” en comparación con otras religiones en una sociedad pluralista y brinda una respuesta a cada una de ellas. Las cosas han dado un giro, dice. Antes, aclara, se pontificaba que todas las religiones eran igualmente ciertas; hoy el panorama es a la inversa: se postula que todas son falsas. Keller se inclina a pensar que, en efecto, las religiones pueden ser el origen de guerras producto de considerar que se está en posesión de una verdad y expresa que para solucionar los separatismos que genera la religión la sociedad ha tomado tres posturas: (1) prohibirla; (2) condenarla y (3) relegarla al ámbito de lo privado. Respecto a la solución 1, Keller expresa:

El siglo XX fue testigo de la aplicación de esa drástica solución de forma generalizada. La Rusia soviética, la China comunista, los jemeres rojos de Camboya y (de forma un tanto distinta) la Alemania nazi ejercieron por igual un estricto control de las prácticas religiosas en un intento por frenas las divisiones sociales y la erosión del poder estatal. 1

Según el autor, los intentos de prohibir la religión han fracasado. Las profecías de su eventual desaparición han seguido el mismo destino. Durante las postrimerías del siglo XIX y principios del XX se pensaba que debido al progreso científico y tecnológico la religión iba en retroceso. Ya no era necesaria. Pero el escenario ha sido distinto: la cantidad de cristianos ha ido en aumento. Pero no un cristianismo cultural y secularizado, sino uno comprometido que cree en lo sobrenatural, en los milagros, en la autoridad de la Escritura y en la realidad de la conversión. En síntesis, el autor cree que -a contrapelo con lo que se esperaba- esta solución ha demostrado ser la semilla de un cristianismo robusto y fortalecido.

La solución 2 es la condena a través de ataques directos hacia el cristianismo que cuestionan su reclamos de exclusividad y verdad. Daremos un vistazo a cinco objeciones planteadas por el autor:

Objeción 1. “Si todas las religiones son válidas y enseñan lo mismo, ¿Por qué ser cristiano?”. Afirmar tal cosa, razona, es una declaración doctrinal sobre la naturaleza de Dios que colisiona con las doctrinas particulares de cada religión como el budismo, hinduismo, judaísmo, islamismo, etc. Si cada religión puede ser definida como un sistema de creencias, ¿por qué deberíamos pensar que tal doctrina sobre Dios es “exclusiva” y superior a las demás? Por lo tanto, la afirmación al ser auto-referencial se refuta a sí misma, porque asume que se está en posesión de un conocimiento sobre Dios superior. Este mismo estilo de argumentación es el que permea el capítulo.

Objeción 2. “Cada religión tiene una parte de la verdad”. En esta afirmación, dice, hay una suposición que no se ve a simple vista: la única manera se saber que cada religión tiene una parte de la verdad es conociendo la única verdad. Pero la posesión de un conocimiento superior es lo que precisamente tal declaración intenta negar. De esa forma, se genera una contradicción y la afirmación se refuta a sí misma.

Objeción 3. “Las creencias están condicionadas por factores históricos y culturales”. ¿Qué decir en esta oportunidad? El procedimiento que utiliza el autor es similar. Veamos. Una forma rápida de refutar esta afirmación es identificando que los factores históricos y culturales que condicionan las creencias también son generadores de afirmaciones del tipo “Las creencias están condicionadas por factores históricos y culturales”, por lo tanto, ¿por qué deberíamos considerar esta afirmación como neutral? ¿Acaso no es una creencia igual que las demás?

Objeción 4. “Es arrogante decir que la religión propia es verdadera e intentar convertir a los demás”. Acá nuevamente el autor opera bajo la misma lógica. Es más, es similar a la primera objeción, pero con la diferencia de que esta enfatiza la componente de la arrogancia y los intentos de convencer a los demás de la verdad de nuestras ideas. Si el talón de Aquiles es la arrogancia, entonces no se tiene más arrogancia en creer que la propia religión es verdadera, que en afirmar que la creencia de otra persona es falsa. Es más, es demasiado arrogante pensar que se está en una posición privilegiada para discriminar la veracidad de todas las religiones.

Objeción 5. “la superioridad de una religión respecto a otra es etnocentrismo”. Para Keller, las culturas no occidentales no tienen mayores reparos en sostener que su cultura y religión son las mejores. Por lo tanto, la afirmación en cuestión nos dice que la manera en que las otras culturas y religiones se refieren a sí mismas es incorrecta. “¿No es acaso esta idea etnocéntrica?”, se pregunta.

La solución 3 apuesta por relegar a la religión al ámbito de lo privado, en otras palabras, se afirma que no deberían esgrimirse argumentos religiosos en la arena pública. Según Rawls, dice Keller, en el debate político público no deberían invocarse posicionamientos morales desde una base religiosa. Y Para Richard Rorty, afirma, las razones religiosas ponen “punto final” al debate. Sin embargo, estas limitaciones de base no estarían comprometidas con una aversión hacia la religión como tal, sino solo sería un enfoque “pragmático”. Para responder a la validez de estas objeciones, el autor analiza la posibilidad de anclar creencias sobre la moral sin recurrir a posicionamientos religiosos que pueden estar profundamente arraigados en los individuos, aunque estos últimos no sean capaces de discernir su influencia. “¿Es eso posible?”, se pregunta el autor. Por otro lado, argumenta, es evidente que estas ideas operan bajo el supuesto de que se conoce con precisión qué es la religión. Si la religión fuera la creencia en Dios, entonces el budismo quedaría fuera del juego. En cambio, si la religión se remitiera a la creencia en lo sobrenatural tampoco sería suficiente porque el hinduismo quedaría fuera. Acá Keller se aventura a una definición: “¿Qué puede entonces decirse que es la religión? Pues, en realidad, es un conjunto de creencias que explican el sentido de la vida, quiénes somos nosotros, qué lugar ocupamos en el mundo y en qué deberíamos ocupar nuestro tiempo.”2

La definición que esboza hace que, en suma, todas las personas sean de alguna manera religiosas. ¿Quién no tiene creencias de este tipo? Aun aquellos que quieren emancipar el debate público de la “religión” operan bajo la influencia de su propio conjunto de creencias, por lo tanto, tales reclamos se refutarían a sí mismos. Finalmente, además de la contradicción ya presentada, negar el derecho de participación sería en sí un acto discriminatorio.

Al final del capítulo el autor reflexiona sobre al papel de Dios para salvar el mundo de las guerras. Y, a contrapelo con lo que usualmente se piensa, el cristianismo tiene una base sólida para permitir una vida pacífica. El quid de estas ideas pacificadoras estribaría en la doctrina de la creación de Dios. Los hombres, afirma, han sido creados a imagen y semejanza de Dios. No solamente los cristianos, sino todos los hombres que existen. Por lo tanto, es esperable que los individuos de otras religiones y culturas reconozcan nuestras buenas obras. Lo que nos remite a un “solapamiento” de los valores cristianos con el de otras culturas y religiones.

Además, también lógicamente de esta doctrina se sigue que los individuos que no son cristianos mostrarán buenas obras que podremos identificar. El cristianismo, continúa, desde su emergencia ha dado señales de identificarse con los marginados de la sociedad, incluso con individuos de religiones y culturas diferentes a la propia. Igualmente, con razas y clases sociales distintas. El cristianismo le proporcionó a la mujer mayor seguridad e igualdad en relación con épocas anteriores. La base de esta entrega hacia el prójimo estaría en el sacrificio de Jesús que exige una entrega hasta el sacrificio: “En el núcleo esencial de esa forma de entender y vivir la realidad, estaba un hombre que había hecho entrega de su vida para beneficio de sus enemigos, orando para que los alcanzara el perdón.”3

Capítulo 2. ¿Cómo puede un Dios permitir el sufrimiento?

El mal es el mayor obstáculo para que las personas crean en Dios, pero negar la existencia de Dios por recurso al problema del mal no ayuda a solventar de mejor manera el problema, dice el autor. Cuando las personas sufren, advierte, es común que no encuentren que tal sufrimiento esté justificado y, en consecuencia, la sensación de injusticia las impulsa a negar la existencia de Dios. Y sostener esto último debido a una búsqueda poco exitosa sobre el sentido del mal contiene una suposición oculta: ya que no soy capaz de encontrarle un sentido al mal, entonces este no debe existir. En suma, la objeción reposa bajo el supuesto de que como seres humanos tenemos las capacidades cognitivas suficientemente desarrolladas como para ser capaces de identificar el sentido (o propósito) de todo tipo de males. La experiencia nos enseña que esta creencia está lejos de ser verdad. Al contrario, es el paso del tiempo el que puede revelarnos los propósitos de Dios detrás de lo que aparentemente parecía un sinsentido.

Keller utiliza un argumento de Alvin Plantinga para explicar que, si la evolución es verdad y somos el resultado de un accidente, entonces no hay razón para que los reclamos de injusticia sean tomados con objetividad. (Acá el autor parece referirse a la evolución “ciega”, sin propósito, que estaría ligada a la adhesión al “materialismo metafísico”). Por otro lado, repara -a propósito de Lewis-, el mal podría funcionar como una evidencia para la existencia de Dios. Porque si consideramos que hay cosas realmente malas en el mundo y que estas no son meras ilusiones, entonces eso significa que creemos que existe un estándar moral que no puede remitirse al mundo natural, sino que lo trasciende. Las últimas páginas entregan un acercamiento más doctrinal sobre el mal, presentando a Jesús como el Dios encarnado que sufrió la separación en su agonía y los propósitos de redención para la humanidad a partir de ese sufrimiento.

Capítulo 3. El cristianismo es una camisa de fuerza

En este capítulo se aborda la cuestión de la verdad absoluta. Ya que si la verdad absoluta existe -afirman algunos detractores-, entonces nuestra libertad se vería enormemente limitada. El cristianismo, así visto, sería una camisa de fuerza que obligaría al individuo a renunciar a su autonomía, a pensar a partir de ideas que le son ajenas, a domesticarlo y a infantilizarlo. Keller hace desfilar a Foucault y Freud. Respecto al primero, advierte que, si alegar estar en posesión de la verdad no es sino estar en condiciones de oprimir y controlar a los demás, entonces la misma afirmación tiene esas mismas pretensiones de ser verdad, por lo tanto,  también devendría en una forma de opresión. Y respecto a Freud, manifiesta que, si Dios y la religión son una manera de proyectar nuestra culpa, entonces el mismo psicoanálisis acaso sea otra manera de proyectarla. Como vemos, son proposiciones auto-referenciales que se refutan a sí mismas.

En la misma línea, se reflexiona acerca de la posibilidad de las comunidades para ser totalmente inclusivas. Y si el cristianismo puede serlo. Todas las comunidades adhieren a ciertas ideas que funcionan como “pegamento” cohesionador y si tales creencias desaparecieran, entonces el mismo concepto de comunidad carecería de sentido. Como ejemplo, el autor postula a la democracia liberal:

La democracia liberal se asienta sobre una lista exhaustiva de supuestos previos (la preferencia del derecho individual sobre el comunitario, la separación entre la moral pública y la privada, y lo sacrosanto de la elección personal), nociones en cambio desconocidas en otras culturas. La democracia liberal se basa (tal como ocurre en toda comunidad) en una serie compartida de postulados particulares. Y la sociedad occidental se asienta sobre un compromiso contraído con la razón, los derechos y la justicia.4

Este ejemplo revelaría que las sociedades no pueden escapar de ciertas nociones cohesionadoras que no son para nada del todo inclusivas. No podrían serlo si tales nociones solo operan con éxito en occidente. Ahora bien, el autor repara que no podemos evaluar a las comunidades solo basándonos en cuan opresivas y estrechas son, sino que también podemos evaluarlas de acuerdo con las creencias que animan determinadas acciones que son beneficiosas para la sociedad, por ejemplo, el trato de amor y respeto hacia otras comunidades. En ese sentido, el cristianismo ha mostrado -en comparación a otras religiones- una enorme flexibilidad para amoldarse a otras culturas. Lo que no es obvio. Amoldarse, no destruir la cultura local. El cristianismo, como lo ve Keller, puede funcionar como un marco explicativo para otras culturas e integrar aquellos elementos que estas culturas consideran valiosos.

Por otro lado, se declara que una libertad real no es aquella que está exenta de limitaciones. Al contrario, una libertad así solo es posible donde el individuo encuentra limitaciones favorables a sus propias capacidades, esto es, el individuo sería como una planta que necesita tener un soporte para crecer bien, dirigir sus potencialidades y dar lo mejor de sí. Lo mismo ocurre con el amor visto como limitación. El amor puede operar como una limitación solo si está al servicio de un bien mayor que los participantes no lo consideran como una privación de autonomía. Al contrario, están dispuestos a extender ciertas concesiones y entregar parte de su autonomía porque su anhelo es que el otro sea feliz. Un observador externo podría considerar este tipo de actitudes como opresivas. Sin embargo, los jugadores “reales” tiene una visión completamente distinta. Y en lo que respecta a Dios, la pregunta obvia es qué sucede, considerando la relación amorosa asimétrica que se genera. Dios no está en posición de perder algo, se supone. Con todo, Keller nos recuerda que Dios tuvo que encarnarse para entendernos y conocer qué es ser hombre.

Capítulo 4. La Iglesia es la responsable de tanta injusticia

El autor inaugura el capítulo echando un vistazo a la falta de coherencia entre lo que los cristianos decimos ser y hacemos. Esto último es un argumento a menudo utilizado por personas defraudadas de la iglesia. Se pone de relieve que los argumentos a favor del cristianismo estarán teñidos por las experiencias que las personas hayan tenido con cristianos. Si una persona ha tenido la oportunidad de ver lo mejor del cristianismo, esto es, comunidades amorosas, coherentes, integradoras, etc., entonces tal persona tendrá menos reparos para considerar ser cristiana en algún momento. Ahora bien, Keller expresa que es esperable que encontremos en el mundo personas no cristianas con un mejor comportamiento. Tal vez puede sonar paradójico, pero no lo es. Hay cristianos, afirma, cuya historia familiar ha condicionado sus posibilidades en todo sentido y tienen muchas más dificultades para tener una vida estable. No se puede medir con la misma vara la vida de dos personas solo en función de lo que a simple vista se observa. Si el cristianismo vino a salvar, entonces es esperable que los primeros en la fila sean los enfermos, no los sanos. La gracia común, dice, nos permite entender que personas no cristianas aún pueden manifestar actos que son un reflejo de una dádiva divina. Aunque, por cierto, tales personas no logren percibir esto.

Desde otro ángulo, el autor nuevamente se refiere a los reclamos sobre la falta de coherencia de aquellos que se dicen ser cristianos, pero esta vez se enfoca en la violencia que el mismo cristianismo podría generar. Keller reconoce que, en efecto, la religión lejos de calmar las aguas puede transformar una diferencia de creencias en una batalla que para sus participantes adquiere proporciones cósmicas. Pero va más allá y se pregunta si realmente es la religión la generadora de violencia o es el mismo ser humano el que tiene una tendencia hacia la destrucción:

Las sociedades que han desechado la religión se han vuelto, como mínimo, tan opresivas como aquellas permeadas por una realidad religiosa. Por eso, cabe pensar que hay un impulso tendente a la violencia profundamente arraigado en el corazón humano, que se exterioriza con independencia de las creencias que suscriban colectivos muy distintos, ya sean capitalistas o socialistas, religiosos o irreligiosos, individualistas o jerárquicos.5

Otro aspecto que no deja en buena posición a la religión es el fanatismo religioso, es decir, la creencia de que todo lo que uno cree es la verdad absoluta, sin matices. Además de una actitud de superioridad frente a los demás. Esta actitud, dice, es perniciosa. Por un lado, olvida que la salvación no descansa en méritos humanos, sino en la gracia de Dios. En suma, hay una distorsión del evangelio. Por otro, refleja cierto fariseísmo al querer juzgar al resto, pero careciendo de humildad, empatía, amor, etc. Están convencidos, manifiesta el autor, de que ser cristiano es un asunto de “progreso personal”.

Las acusaciones históricas hacia la iglesia de ser opresiva, tener ansias de poder y preocuparse por sus propios intereses solo pueden ser correctamente analizadas desde la misma Biblia, es decir, desde sus contenidos básicos. Además, tales acusaciones descansan sobre el supuesto de que hay un consenso respecto a lo que la iglesia debería ser. Acá Keller utiliza las ideas del historiador C. John Sommerville para argumentar que existen otras culturas que sí valoran el poder y el respeto como algo necesario. No obstante, advierte, el cristianismo ha cambiado los valores de sociedades que anteponían el orgullo personal, el poder, la valentía, la gloria, la lealtad a la tribu, etc., a la humildad, servicio, concordia e igualdad de derechos. “Los fallos de la iglesia pueden de hecho entenderse desde una perspectiva histórica como una imperfecta aplicación y práctica de los principios básicos del evangelios cristiano”6, dice al autor.

De acuerdo con lo anterior, debemos progresar hacia un entendimiento más pleno y profundo del cristianismo junto con los propios medios que nos proporciona la Biblia para corregir los abusos y los conflictos. Como punto final del capítulo, Keller señala que los cristianos fueron los primeros en denunciar la esclavitud como algo inadmisible, aunque reconoce que dentro de las mismas filas de la iglesia había personas que deseaban preservarla. “Figuras de la talla de William Wilberforce en Gran Bretaña, John Woolman en América y muchos más dedicaron su vida por entero a poner fin a la esclavitud en nombre de Cristo”7, afirma.

En la misma línea, coloca el ejemplo de Gran Bretaña como un país que, a pesar de las graves consecuencias económicas que le reportaría la abolición de la esclavitud, logró la aprobación del Acta de emancipación en 1833 impulsada por abolicionistas cristianos, y también menciona la labor de Martin Luther King, Jr., en el movimiento de los derechos civiles. Con todo, igualmente que el caso de Gran Bretaña, encontramos a cristianos en contra de estos derechos. Incluso buscando justificaciones teológicas para perpetuar la segregación racial. Como palabras de cierre, también menciona los casos del sacerdote polaco Jerzy Popieluszko y su negación a que la iglesia fuera asfixiada por el comunismo de finales del siglo XX, pagando con su vida sus convicciones; al arzobispo del Salvador Óscar Romero y al mártir luterano Dietrich Bonhoeffer en su oposición al régimen nazi.

Capítulo 5. ¿Cómo puede un Dios bueno condenar a las personas al infierno?

En este capítulo se expone la objeción clásica sobre la bondad de Dios en relación con el infierno como castigo eterno, destacando el influjo de la modernidad en nuestras ideas de autonomía, derechos y dignidad cuando colisionan con el cristianismo. Las personas no conciben la idea de que sean castigadas por sus decisiones. Menos por un Dios de amor. El castigo aquí es el leimotiv de todo el asunto. En Occidente la idea de un Dios castigador es reprobada, pero no la de un Dios amoroso que nos invita a “poner nuestra otra mejilla”. Para otras culturas “poner la otra mejilla” sería algo inaceptable.

Considerando este punto, se pregunta el autor, ¿acaso pensamos que nuestra cultura es superior a otras? Para otras culturas el castigo y el juicio es completamente aceptable y es asociado con el actuar apropiado. Las personas comúnmente piensan que Dios no puede ser amoroso y a la vez enojarse, que es una contradicción. Acá Keller subraya que lo opuesto al amor no es el enojo, sino la ira. Dios, en cambio, se enoja y nos castiga para prevenir una suerte de “cáncer mortal”. Y todo lo hace por amor.

Desde una óptica distinta, el autor retoma la idea de un Dios castigador, pero responde a las objeciones sobre los efectos que esta idea podría tener en los cristianos. Después de todo, si creemos en un Dios de juicio ¿no es esperable que sus seguidores sean violentos y tengan una tendencia a hacer justicia por sus propias manos? Keller argumenta que es a la inversa. Precisamente porque creemos en una justicia última nos limitamos a ser violentos. Las personas que actúan violentamente, argumenta, lo hacen porque en cierta medida no creen en la existencia de un Dios justo. Finalmente, se explora la naturaleza del infierno. Acá Keller no dibuja una imagen dantesca de personas en el fuego quemándose, sino que -en la misma sintonía del pensamiento de Lewis- presenta al infierno como la continuación de nuestro anhelo de estar sin Dios. Un anhelo que se origina en nuestra vida en la tierra, pero que se prolongaría por toda la eternidad.

Capítulo 6. La ciencia ha demostrado que el cristianismo está en un error

Como todo libro que aspirar a ser apologético, el autor dedica una sección para hablar sobre ciencia. Y lo inaugura hablando sobre las rimbombantes declaraciones de algunos de los paladines del “nuevo ateísmo” -en ese tiempo novedoso-, entre ellos Richard Dawkins. (Este último destaca por su aversión a la religión y ser un ateo militante. Diría incluso que es más que ateo: es también anticlerical). Como sea, Dawkins ha manifestado que cualquier persona que crea en la ciencia no puede ser religiosa. En la misma línea de ataque, ha declarado que la evolución por definición es atea.

Como una suerte de carta maestra, Keller saca a colación al científico genetista (fundador de BioLogos) Francis Collins como un ejemplo de un cristiano que sostiene la evolución. Además, asido de los cuatro modelos para relacionar ciencia y fe propuestos por Ian Barbour, expresa que no es necesario condicionar nuestra fe cristiana a lo que pensemos sobre los orígenes y se muestra abierto al abanico de posibilidades que existen. Con todo, rechaza el ala más conservadora del creacionismo (de la tierra joven) y el naturalismo (que el autor parece identificar con el deísmo):

Hay cristianos, dentro del ampliamente publicitado movimiento de la ciencia de la creación, que asumen el modelo del conflicto e insisten en que Génesis 1 enseña que Dios creó todas las formas de vida en un período de 6 días de 24 horas hace no muchos miles de años atrás. En el otro extremo del espectro, están los cristianos que se decantan por el modelo de la independencia y dicen sencillamente que Dios fue la causa primera del principio del mundo y que, a partir de ahí, las causas naturales siguieron su curso.8

Keller apuesta por posturas intermedias y no se declara antievolucionista. En su discusión acerca de la posibilidad de los milagros aduce que la ciencia no puede refutar su existencia, sino que está fuera de sus límites. La creencia en la imposibilidad de los milagros, piensa, es una reminiscencia de la ilustración y si Dios existe no habría ningún impedimento para que estos sean del todo posibles.

Capítulo 7. La Biblia no puede tomarse al pie de la letra

Keller narra que desde sus años de estudiante se vio confrontado con las explicaciones de sus maestros respecto a la veracidad de los evangelios. Estos documentos no serían más que reconstrucciones orales de las primeras comunidades cristianas que con el paso del tiempo fueron retocadas para tener lo que hoy conocemos como los Evangelios sinópticos. El autor brinda una serie de argumentos para sostener lo contrario: los Evangelios serían confiables y habrían sido redactados demasiado temprano como para constituirse en narraciones legendarias. Además, los relatos bíblicos sobre la vida de Jesús ya circulaban mientras los testigos (amigos y enemigos) presenciales todavía estaban vivos. Los Evangelios, destaca, datan a lo más entre 40 y 60 años después de la muerte de Jesús y las cartas de Pablo habrían sido escritas entre 15 y 25 años después del mismo evento. A este respecto, Keller menciona el libro de Richard Bauckham [jesus and the eyewitnesses] como una fuente que ha aportado al debate sobre este tema:

[…] Su autor, Richard Bauckham, aporta todo un cúmulo de datos históricos que demuestran fehacientemente que, en el tiempo en el que fueron redactados los Evangelios, todavía vivían numerosos testigos oculares de la vida y las enseñanzas de Jesús, que habían atesorado en su memoria los hechos y que permanecían activos en su transmisión y difusión en la esfera pública de sus iglesias.9

En la misma línea, se pone de relieve que para que un relato sea contaminado con interpolaciones legendarias los testigos (y hasta la tercera generación) deben estar muertos. Sin embargo, lo que vemos en los Evangelios y en las cartas paulinas son reiteradas alusiones a los testigos que, por supuesto, podían contradecir lo que decían los escritos. Fue precisamente ese capital de testigos lo que le permitió al cristianismo crecer.

Se menciona la gran influencia de los libros de Dan Brown (como “El código de da Vinci”), altamente especulativos y tendenciosos respecto a los datos reales proporcionados por la historia. Por ejemplo, según los relatos de Brown, la divinidad de Jesús se habría establecido en el año 325 por el emperador Constantino, igualmente en el mismo año los cuatro Evangelios que actualmente están en el canon se habrían anunciado como oficiales. Esto último, argumenta el autor, es falso ya que Ireneo de Lyon en el año 160 ya había expresado taxativamente que los auténticos Evangelios eran cuatro.

Luego, se hace hincapié en el contenido de sucesos contraproducentes que encontramos en los evangelios como la misma crucifixión, la mujeres como primeros testigos de la resurrección, la negación de Pedro, la duda de Tomás, las palabras de Jesús en la cruz, etc. Tales datos son innecesarios y no harían más que dificultar la expansión de una religión naciente. Pero ahí están. ¿Fueron deliberadamente inventados? Tal vez, pero solo podría hacerlo alguien con un estilo de redacción moderno (realista) ajeno su época. Algo improbable, sino imposible. Finalmente, el autor menciona el estudio del historiador y antropólogo Jan Vansina sobre la tradiciones orales en África y su maleabilidad para ser objeto de invenciones. El reporte de Vansina respalda la idea de que las culturas no distorsionan sus tradiciones tan fácilmente, sino que las preservan e incluso distinguen entre historia real y leyenda. Keller cierra el capítulo y la primera parte del libro invitando al lector a considerar todos los factores a la hora de enfrentarse a pasajes difíciles de entender antes de decantarse por una postura que, tal vez, sea incorrecta. Igualmente, a focalizar la atención en lo esencial del Evangelio, antes que gastar tiempo en aspectos secundarios.

Conclusión

Como pastor, Timothy Keller no evita los asuntos que fácilmente podrían entrar en la categoría de consejería, discipulado o aspectos experienciales de los cuales se extraen enseñanzas para el lector. Como apologeta no sostiene un método propio y, considerando su trasfondo denominacional, se aventura a una apologética evidencial en algunos casos y, en otros, cercana a una de tipo acumulativo. El cap. 1 lo considero particularmente interesante por la manera en que aborda las objeciones. En vez de inclinarse por largas disquisiciones sobre la falsedad de estas, las refuta a partir de la lógica de las proposiciones auto-referenciales. El cap. 2 puede considerarse como necesario, aunque de escasa originalidad. Keller asume las ideas de Lewis y el argumento evolutivo de Plantinga, pero no veo el aporte de Keller. Tal vez su aporte se remita a brindar cierto contexto al problema a partir de experiencia reales -algunas de la propia iglesia que pastorea, por cierto-. El cap. 3 retoma las proposiciones auto-referenciales para refutar a Foucault y a Freud, y recoge los valores occidentales de las democracias liberales para cuestionar la universalidad que a veces le imputamos a nuestra propia cultura con la finalidad de poner en perspectiva los reclamos hacia el cristianismo como un corsé esclavizante. De pronto lo vemos -quizá subrepticiamente- criticando la superioridad cultural que occidente cree poseer y cuando juntamos las partes donde encontramos estas mismas ideas, el cuadro completo parece pintar a un Keller que toma distancia a la hora de pontificar sobre la superioridad de unas culturas respecto a otras. Aunque a regañadientes. El cap. 4 es iluminador en cuanto a derribar el mito sobre lo perniciosa que son las religiones y lo bien que estaría el mundo sin ellas, ya que al final del día los datos históricos parecen apuntar en otra dirección: el problema sería el mismo hombre. Por otro lado, aporta datos valiosos respecto al papel que han jugado los cristianos en la construcción de las sociedades modernas. El cap. 5 trata el problema del infierno de una manera que nos recuerda a Lewis. El cap. 6 aborda la ciencia y la fe en el contexto del “nuevo ateísmo”. Acá vemos a un Keller moderado, ambiguo y, a ratos, cauteloso en el uso de los conceptos. Como si no quisiera granjearse la enemistad de ningún bando. Me refiero específicamente al debate creación/evolución. En una oportunidad, a propósito de refutar a Dawkins, toma a Collins como ejemplo de un cristiano evolucionista, pero sin dar mayores detalles sobre la postura del reconocido genetista. Aborda someramente la posibilidad de los milagros y los límites de la ciencia. El cap. 7 presenta una defensa tradicional sobre la fiabilidad de los cuatro Evangelios canónicos y las cartas paulinas. En particular, su argumentación se sostiene en la presencia de testigos oculares que todavía estarían vivos mientras los primeros escritos circulaban en las comunidades.

Al final del día la primera parte del libro (“El salto de la duda”) deviene en una apologética que no rehúsa explorar la dimensión política del cristianismo, aunque sin ser absorbido por ella. La componente pastoral, empapada de experiencias, hace que tome distancia de los a veces rígidos y mecánicos libros de apologética y, a la vez, despierte en el lector cierta cercanía. En ese sentido el autor apuesta por una apologética relacional. El lector interesado en iniciarse en la apologética encontrará en esta parte del libro -tal vez el libro en su totalidad- un buen y amigable comienzo, y el escéptico argumentos que sí funcionan y probablemente lo harán cuestionar sus prejuicios. Para el lector ya familiarizado con estos temas la lectura le resultará, a ratos, lenta. No obstante, lo tendrá como un recurso útil en su biblioteca.

_

Referencias

  1. Keller, T. J. (2017). ¿Es razonable creer en Dios? Convicción en tiempos de escepticismo. B&H Publishing Group, Edición Kindle, posición 522.
  2. Ibíd., posición 727.
  3. Ibíd., posición 835.
  4. Ibíd., posición 1144.
  5. Ibíd., posición 1469.
  6. Ibíd., posición 1579.
  7. Ibíd., posición 1611.
  8. Ibíd., posiciones 2128-2139.
  9. Ibíd., posición 2285.

*Autor: Leonel Contreras

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s