COVID-19, ¿Por qué Dios no interviene para destruirlo?

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¿Está en la Biblia el COVID-19?

El auge del Coronavirus y los esfuerzos de algunos círculos evangélicos para «encajarlo» en la Escritura son una muestra de nuestra enorme creatividad. Me inclino a pensar que el Coronavirus no está en la Biblia y que caminar en esa dirección es equivocado. Sin embargo, esta afirmación no es gratuita, sino que está basada en la constatación de que a menudo hemos mal utilizado ciertos pasajes de la Biblia como, por ejemplo, «predicciones» de la invención de la televisión, la aparición del «anticristo» (Bill Gates), las tarjetas de crédito, la caída de las torres gemelas, la expansión del universo, la segunda ley de la termodinámica, la existencia de la troposfera, entre otras.

El sufrimiento es real y, tal vez, el mayor obstáculo para que las personas crean en la existencia de Dios. Como bien repara Swinburne, cuando las personas sufren necesitan consuelo y no discusión. Concuerdo. Todos los que hemos vivido pérdidas familiares y problemas que involucran el sufrimiento, en esos momentos difíciles simplemente no queremos razones sobre los mundos posibles que Dios podría haber creado sin la presencia del mal, sino un abrazo y compañía.

El mundo está siendo azotado por un Virus mortal que despierta las viejas preguntas por el problema del mal: ¿Por qué Dios no interviene y destruye el Coronavirus?, ¿es Dios responsable del Coronavirus?, ¿Por qué un Dios bueno permite el Coronavirus? Un análisis somero de estas preguntas nos remite al eterno debate sobre la presencia del mal en el mundo. Estas interrogantes no están en mejor posición que aquellas sobre la cantidad de personas que mueren de hambre, los accidentes mortales o la gripe.

El mal natural y el mal moral

De acuerdo con Richard Swinburne, el «mal natural» es todo mal que no es causado deliberadamente por seres humanos y que estos no permiten que ocurra como resultado de su negligencia. En otras palabras, son aquellos males donde los seres humanos no tienen participación. Entran en esta categoría el sufrimiento que causan los terremotos, los huracanes, los accidentes impredecibles y probablemente las enfermedades como el Coronavirus, etc. Digo «probablemente» porque El COVID-19 puede o no ser un «mal natural», ya que no sabemos si apareció por negligencia de los seres humanos o sin su participación. Si la primera opción es correcta, entonces los efectos catastróficos del Coronavirus entran en la categoría de «mal moral». Como sea, ambos tipos de mal causan sufrimiento en los seres humanos y la reputación de Dios no mejora en uno u otra caso.

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El libre albedrío en relación con la posibilidad del bien y el mal

Tanto Swinburne como Norman Geisler consideran que el quid del asunto respecto al problema del mal estriba en una adecuada comprensión del «libre albedrío». Para Swinburne, el núcleo central de cualquier teodicea debe enfocar sus esfuerzos en la defensa del libre albedrío, el cual es entendido como un bien dado por Dios a los seres humanos para elegir libre y responsablemente. A menudo se objeta que Dios debería intervenir en nuestras decisiones para garantizar siempre un buen resultado. En esos términos, el libre albedrío se vuelve ilusorio: una contradicción lógica. Solo una elección abierta a la posibilidad del mal moral puede ser una elección auténtica. Como señala Swinburne, que nuestras decisiones importen y que podamos hacer diferencias significativas en las cosas, en nuestra propia vida y en la de los demás es uno de los mejores regalos del Creador. Con todo, este regalo hace posible que mi sufrimiento sea el resultado de la oportunidad de otros para hacer uso de su libre albedrío, que sus decisiones importen (algo bueno) y también me otorga la oportunidad de reaccionar de la manera correcta.

Como vemos, la red de decisiones, oportunidades y reacciones que desencadena el uso del libre albedrío no se puede predecir. Es perfectamente posible imaginar que la tolerancia de un poco de maldad podría producir gran cantidad de bondad en el mundo. Geisler y Peter Kreeft toman una línea de argumentación distinta y sostienen que la única forma de amar a Dios es siendo seres completamente libres. Tiene sentido, sobre todo considerando que el amor a Dios es el reflejo de la reparación de una relación dañada que gracias al sacrificio de Jesucristo se ha hecho posible.


“Cuando alguien le reclama a Dios que intervenga para detener el COVID-19, no sabe lo que pide. En efecto, Dios podría detenerlo, pero en el acto alteraría la red de causalidad de las infinitas decisiones en concurso que, a largo plazo, podrían maximizar el bien en el mundo”.


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COVID-19, ¿por qué Dios no interviene?

No lo sabemos. Pero podría haber buenas razones que ahora desconocemos. Con el paso del tiempo he aprendido que ser cristiano no es una suerte de seguro contra accidentes o incluso la muerte. Anclar nuestra fe en una falsa seguridad de que absolutamente todo estará bien es un camino seguro a la incredulidad. El COVID-19 se ha llevado vidas y ha obligado a los países a tomar medidas extraordinarias para frenar su avance. Esta situación a provocado un despliegue masivo de toma de decisiones en torno a que o no hacer. No obstante, es imposible predecir si todo el mal causado por el Coronavirus superará al bien generado en el proceso. Nuestras decisiones no van dirigidas hacia un «telos» o fin y no sabemos si estas contribuirán a maximizar la bondad en el mundo a largo plazo. Cuando alguien le reclama a Dios que intervenga para detener el COVID-19, no sabe lo que pide. En efecto, Dios podría detenerlo, pero en el acto alteraría la red de causalidad de las infinitas decisiones en concurso que, a largo plazo, podrían maximizar el bien en el mundo. Y ese mundo sería uno mucho mejor que el que tenemos. Dada la compleja situación, ¿Estás leyendo más las Escrituras?, ¿Has compartido más con tu familia?, ¿La situación te ha vuelto una persona más amable y empática?, ¿Te has comunicado con ese familiar lejano que nunca llamas? Tal vez la respuesta esté ante tus ojos y el mundo está cambiando lentamente.

Fuentes

Swinburne, R. (2010). Is there a God?. Oxford University Press.

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Autor: Leonel Contreras

 

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